La luz del amanecer comenzó a filtrarse por las rendijas de las contraventanas de madera, pintando líneas de un gris pálido sobre el suelo de pino. El fuego de la chimenea se había reducido a un rescoldo anaranjado y reconfortante. En ese pequeño universo de madera, el tiempo parecía haberse detenido.
Sofía humedeció un paño limpio en un cuenco con agua tibia. Estaba sentada frente a Elliot, que descansaba en un viejo sillón de cuero desgastado. Con una delicadeza que contrastaba con la firmeza