El frío de la madrugada se filtraba por las rendijas de la cabaña, pero el calor que Sofía sentía en el pecho no era por el fuego, sino por la adrenalina y el miedo. Elliot se movía con una eficiencia silenciosa, casi fantasmal. Había recuperado su faceta de soldado; su mandíbula estaba tensa y sus ojos, antes cargados de ternura, ahora escaneaban el exterior a través de las lamas de madera de la ventana trasera.
—Se están posicionando en arco —susurró Elliot, sin mirarla—. Julia no quiere solo