ADELINE DE FILIPPI
El sol de la mañana entraba por las cortinas como un cómplice silencioso, cálido y lento.
Lucien aún dormía a mi lado, con una mano sobre mi cintura y el ceño ligeramente fruncido, como si incluso en sueños no quisiera que me alejara. Me quedé ahí unos minutos, solo mirándolo. Memorizando la curva de su mandíbula, la forma en que sus labios se relajaban cuando exhalaba, el ritmo pausado de su respiración.
Afuera, el mar seguía cantando. Ese canto que ya sentía mío.
Me levanté