LUCCA MORETTI
Me dejé caer en la silla del despacho de Lucien, como si mis huesos pesaran una tonelada. El silencio de la casa me golpeaba más que cualquier grito. Afuera, todavía se escuchaban los ecos de hombres trabajando, reparando muros y reforzando el perímetro. Adentro, mi cabeza no dejaba de dar vueltas.
La puerta se abrió sin que yo dijera nada. Bastien entró, con esa calma calculada que solo él tiene, como si no importara que acabara de regresar de España después de un viaje que casi