SILVANO DE SANTIS
El rugido del motor me golpeaba los oídos, pero no más que el latido desbocado en mi pecho. Paolo conducía como si quisiera romper la carretera en dos, y Noah iba en el asiento trasero revisando su fusil, cargador tras cargador, como un mantra para no pensar.
Yo… yo solo veía la imagen de Anny en mi cabeza.
Si algo le había pasado…
—Más rápido —ordené, aunque sabía que Paolo ya estaba al límite.
El olor a pólvora y humo nos llegó antes que la imagen. Cuando doblamos la última