LUCIEN MORETTI
El silencio de mi oficina era casi sagrado. Solo el leve roce de las hojas al pasar y el sonido intermitente de la pluma sobre el papel interrumpían la quietud. Afuera, la ciudad seguía su curso. Aquí dentro, sin embargo, yo decidía el ritmo de mi empresa. Sin darme cuenta, una sonrisa se dibujó en mi rostro al recordar a Addy gimiendo en su escritorio. Cómo amaba a esa mujer.
—¿Puedo? —preguntó Silvano desde la puerta, sin esperar respuesta antes de entrar.
Asentí sin apartar la