LUCY MORETTI
Volver a casa nunca se había sentido tan bien.
Bajamos del auto con los dedos entrelazados, y el mundo parecía distinto. No había mariposas en el aire ni luces brillando, pero yo lo sentía así. Como si el cielo fuera más azul y las hojas bailaran solo para nosotros. Agus me sostuvo la puerta con una sonrisa que no le cabía en la cara, y yo bajé sintiendo que flotaba.
La mano de Agus entrelazada con la mía mientras caminábamos por el sendero de piedras que llevaba al jardín me hacía