MATTEO RUSSO
El silencio de la sala solo se quebraba por el zumbido de la lámpara que colgaba del techo. Estaba sentado en la penumbra, los codos sobre las rodillas, el cigarro a medio consumir entre los dedos. Una gota de sudor me corría por la nuca, pero no era por el calor… era la espera.
Desde que ese maldito Silvano me dio a entender que mi hermanito había muerto, no había podido dormir. No podía perder a mi hermano, era lo único que me quedaba.
Hacía más de un mes que no sabía nada de él.