BASTIEN DE FILIPPI
El aroma del café recién hecho se mezclaba con el perfume de los papeles. Mi despacho era un santuario, una pequeña cueva donde los problemas del mundo se resolvían… o al menos se pensaban con calma. Tenía la puerta entornada y el celular con poca batería tras una larga videollamada con Lucien y Silvano. Estaban haciendo un buen trabajo, pero la preocupación aún ardía como un carbón encendido en mi pecho. Ellos estaban en guerra. Y en la guerra, un paso en falso bastaba para