MICHELLE SANTORI
Nunca pensé que volvería a sentir una cama limpia. Ni una almohada que oliera a jabón. Ni mucho menos una ventana que se abriera hacia un jardín tranquilo en vez de hacia un callejón lleno de gritos y humo.
Me quedé mirando el techo largo rato, sin creerlo. La mente me jugaba sucio: a ratos pensaba que todo esto era un sueño y que en cualquier momento mi padre iba a entrar gritando, con el cinturón en la mano, para arrastrarnos otra vez a ese infierno. Pero cuando giré el rostr