MARIE MORETTI
—No sé si fue una estupidez o si simplemente… me harté de pelear —dije, dejando la taza sobre la mesa del desayuno con un golpe más fuerte de lo que planeaba.
Anny me miraba desde la barra, sentada con una pierna doblada sobre la silla, el cabello recogido y esa expresión de que estaba a punto de clavarme el bisturí emocional.
—¿Le llevaste café? —preguntó, con una ceja en alto.
—Sí.
—¿A Josh?
—Sí, Anny. ¿A quién más iba a llevarle café a las nueve de la noche? ¿A Michelle?
Anny s