Habían pasado semanas desde aquella noche silenciosa en la que Bastien cerró su guerra personal.
Y por primera vez en mucho tiempo, la mansión De Filippi se sentía como un verdadero hogar.
Kate caminaba por el jardín trasero, acariciando con una mano su vientre redondeado, y con la otra, sosteniendo una taza de té caliente.
El sol acariciaba su piel, y una brisa suave revolvía sus cabellos.
Estaba en paz.
Lo sentía en cada latido.
Desde su oficina, Bastien la observaba por el ventanal.
No como