ADELINE DE FILIPPI
Dolía.
Mi cabeza pesaba toneladas. El cuerpo no me respondía.
La luz era tenue. Fría.
Y un zumbido constante me taladraba los oídos.
Parpadeé. Intenté mover los brazos, pero estaban pesados… inmóviles.
Estaba recostada sobre una camilla metálica. Atada por las muñecas.
La piel me ardía. El aire olía a metal, químicos, miedo.
Cada respiración era un esfuerzo.
—Despiertas rápido —dijo una voz que ya comenzaba a detestar.
Ángelo...
Se acercó con pasos tranquilos, como si todo es