Damián Medicci
—MlERDA… MlERDA… ¡MlERDAAA!
Caminaba por las calles como un perro sin correa, buscando con rabia y angustia.
Ya llevaba horas dando vueltas por la ciudad, revisando cafeterías, tiendas, el parque donde Amelia solía pasear…
Nada.
Desaparecida.
Como un maldito fantasma.
Y yo sabía exactamente con quién estaba.
Paolo.
Ese imbécil sentimental que, por algún maldito motivo, era el punto débil de mi misión.
La orden de Noah era clara: vigílala, que no lo vea. Si intenta contactarlo,