SILVANO DE SANTIS
El humo aún flotaba en mis pulmones.
Y el nombre —su nombre— se me incrustaba en la lengua como veneno.
Matteo.
El rostro perfecto detrás de cada sombra.
El falso CEO enamorado de Addy.
El que, con una máscara de tonto, nos hizo creer que era inofensivo.
El que asesinó tantos niños…
Ese maldito bastardo era Matteo.
Mi mente era un torbellino. Íbamos en el auto blindado, donde Lucien miraba el vacío con los ojos llenos de fuego.
—Ahora lo sabe —dije, rompiendo el silencio—. Sab