SILVANO DE SANTIS
El reloj marcaba la 1:14 a.m. cuando dejé caer la espalda sobre la cama, solo con el pantalón de pijama, el pecho aún desnudo y el alma hecha trizas. La oscuridad de mi dormitorio apenas era interrumpida por la luz cálida que salía del baño. Escuchaba el murmullo del agua detenerse, y mi corazón —ese músculo que tantas veces creí incapaz de sentir— latía desbocado como si tuviera quince años, como si fuera posible tener miedo de nuevo.
Tenía miedo.
Miedo de perderla.
Miedo de