LUCIEN MORETTI
Estaba sentado en el sofá con Addy recostada sobre mi pecho. Su cabello olía a flores dulces y recién lavadas. Ella jugaba distraída con los botones de mi camisa, como si no tuviéramos un plan de guerra trazado sobre cada rincón del país. Pero lo teníamos. Solo que ese momento, en esa sala, quería que durara un poco más.
—¿Tú crees que lo entenderán? —me preguntó en voz baja.
—No tienen opción, mi amor —respondí, besándole la frente—. Es eso o regresan a casa. Y no pienso separar