ANNELISSE DE FILIPPI
Desperté rodeada de calor, de ese aroma tan suyo que me envolvía y me hacía sentir en casa. La luz de la mañana se filtraba por las cortinas apenas cerradas, y ahí estaba él, mi Silvano, con el cabello desordenado, las pestañas largas rozando su piel morena y ese pecho que subía y bajaba en un ritmo que ya conocía tan bien.
No pude evitarlo.
Mis labios se deslizaron primero por su mandíbula, luego por su cuello, y finalmente por su boca. Él sonrió dormido, como si su cuerpo