ADELINE DE FILIPPI
El sol se colaba entre las cortinas, dorando el mármol del ventanal. Pero yo no necesitaba calor.
Tenía a Lucien Moretti pegado a mi espalda como si intentara fusionarse conmigo.
Su brazo me rodeaba la cintura, sus labios recorrían mi cuello con una lentitud maldita, y su respiración se enredaba con la mía. Cada beso era una sentencia. Cada roce, una invitación al pecado… otra vez.
—Lucien… —gemí bajito, arqueando el cuerpo como un gatito que se estira—. Vamos a morir así, ¿l