Mi paraíso y mi infierno.
AUGUSTO DE FILIPPI
Bajé lentamente de su cuerpo, todavía sin dejar de besarla. Sus labios sabían a deseo y a esa mezcla de ternura y rebeldía que solo Lucy podía darme. Me quedé encima de ella, sintiendo el calor de su piel bajo las sábanas, y la llevé contra mi pecho, como si quisiera fundirla conmigo.
—Lucy… —murmuré contra su oído, sin dejar de recorrer su cuello con besos suaves que se convertían en caricias más intensas—. Fuiste muy valiente anoche con tu padre.
Ella soltó una risa leve, p