MARIE MORETTI
—¿Estás bien? —pregunté en voz baja, sentándome al borde de la cama y dejando que mis ojos se acostumbraran a verlo ahí, apoyado contra las almohadas.
La luz tenue de la habitación dibujaba sombras en su rostro, pero yo conocía cada trazo de memoria: la mandíbula firme, la leve hinchazón en el pómulo, esa forma en la que sus labios se curvaban cuando intentaba convencerme de que todo estaba bajo control.
Él asintió despacio, y aún así no me convenció.
—Estoy bien —repitió, con un