LUCIEN MORETTI
El pasillo del hospital olía a desinfectante y a calma forzada, ese silencio artificial que nunca es real. Afuera, Milán hervía como siempre, pero aquí dentro todo parecía moverse en cámara lenta.
Addy iba delante de mí, llevando mi bolsa de pertenencias con un paso decidido. Yo… bueno, caminaba despacio, porque, aunque el médico había dicho que las costillas estaban soldando bien, todavía sentía esa punzada cuando respiraba hondo o me movía demasiado rápido.
—Lucien, el doctor fu