MATTEO RUSSO
—¿Y bien? —pregunté por tercera vez, la voz tensa, cargada de rabia contenida.
El hombre frente a mí tragó saliva, incómodo, y volvió a negar con la cabeza.
Otra vez.
Otro día más. Otra búsqueda inútil. Otro “no hay rastro”.
Respiré hondo. Cerré los puños con tanta fuerza que los nudillos se marcaron blancos. El aire me pesaba en los pulmones.
El corazón… ese maldito corazón me gritaba algo que no quería aceptar.
Algo le pasó.
—Lleva días sin contestar el teléfono —seguí, con la v