ANNELISSE DE FILIPPI
Habían pasado varios días.
Las heridas aún dolían, pero al menos ahora… dolían desde el alivio.
Silvano estaba vivo. A salvo.
Y hoy, finalmente, volvía a casa.
El hospital se despedía de él entre suspiros de enfermeras enamoradas y médicos que, honestamente, parecían querer retenerlo solo para seguir admirándolo.
Pero yo…
Yo no iba a permitir que nada ni nadie lo alejara de mí.
—Amor, iré a firmar el alta. Espérame aquí, trata de no moverte. La herida ha cicatrizado, pero a