ADELINE DE FILIPPI
El pasillo del hospital olía a desinfectante, pero para mí seguía oliendo a pólvora. El sonido de los disparos todavía rebotaba en mi cabeza como un eco imposible de apagar. Mis manos… mis manos estaban frías, a pesar de que no había dejado de apretar los puños desde que nos bajamos del coche.
Lucien había desaparecido tras esas puertas blancas, rodeado de médicos y enfermeras que se movían como un ejército disciplinado. Quise seguirlo, pero una enfermera me cortó el paso.
—S