PAOLO MORELOS
El eco de los últimos disparos aún vibraba en mis oídos cuando crucé el pasillo central. El olor a pólvora y metal quemado impregnaba cada pared, y aunque los cuerpos de los atacantes ya empezaban a ser retirados por los nuestros, el recuerdo de la batalla seguía vivo en el aire.
No perdí tiempo en mirar los daños. Mi prioridad era una sola: la sala de sistemas.
Avancé rápido, esquivando vidrios y muebles volcados. Cada paso que daba era una pregunta que me golpeaba la cabeza: ¿y