SILVANO DE SANTIS
París no era nada sin ella.
Podía tener la Torre Eiffel, las luces, el Sena y todos los museos del mundo, pero si Anny no estaba a mi lado, no significaba nada.
La observé mientras caminaba delante de mí por el Louvre, con esa forma distraída pero intensa de ver las cosas. Su cabello brillaba bajo la luz suave del museo, y sus ojos miel se detenían en cada trazo de pintura como si pudiera leerle el alma al artista.
Tenía esa capacidad.
De ver lo que los demás no veían. De encon