SILVANO DE SANTIS
El eco de los disparos todavía retumbaba en los pasillos cuando empujamos la última puerta del sótano blindado. El olor era penetrante: sudor rancio, whisky caro derramado, y miedo. Ese hedor siempre era el mismo, sin importar qué rey caído tuviéramos enfrente.
Allí estaba.
Gordo , sudoroso, calvo, con la camisa manchada de vino y las manos temblorosas alrededor de una pistola que ni siquiera sabía sostener. El legendario “Azrael”. El dueño de Seraphim. El monstruo al que todo