LUCIEN MORETTI
El aire nocturno estaba cargado de muerte incluso antes del primer disparo. Desde lo alto de la colina, la mansión Santori parecía tranquila, iluminada por focos en las entradas y rodeada de guardias que patrullaban como perros adiestrados. No tenían idea de lo que se les venía encima.
Ajusté el auricular en mi oído. La voz de Oliver llegó nítida desde el cuartel:
—Todos los sistemas de seguridad externos están vulnerados. Las cámaras son nuestras. Están ciegos.
Asentí, aunque él