SILVANO DE SANTIS
—Silvano —dijo ella, apareciendo en la puerta de mi oficina con una sonrisa ligera—. Cancela todo por hoy, ¿sí? No voy a volver.
Mi mano se detuvo sobre el teclado.
Ella no llevaba su maletín, ni su carpeta de trabajo. Solo el celular, las llaves… y una expresión que no dejaba lugar a discusión. Esa forma suya de hablar, suave pero firme, que siempre me descoloca, que me recuerda que nunca lograré estar a la altura de su verdadero mundo. Uno en el que yo no soy protagonista.
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