ADELINE DE FILIPPI
Nunca fui muy buena ocultando la emoción, pero ese día… ni lo intenté. En cuanto Asher cruzó la puerta, toda la oficina se iluminó. Sentí que mi cuerpo reaccionaba solo: me levanté, corrí hacia él y lo abracé con una alegría que me explotó en el pecho. No lo esperaba. No sabía que vendría. Pero verlo allí, tan sonriente, con esa expresión entre traviesa y encantadora, fue como recibir un regalo en medio de la rutina.
—¡Asher!
Lo abracé con fuerza, y él me levantó un poquito d