JOSH MEDICCI
Bastien por fin bajó a Kate al suelo. La sonrisa que él le dedicó me sorprendió por lo dulce. No era la sonrisa del capo que manda; era la de un hombre que, por un instante, se permite ser solo un hombre enamorado.
—Ven aquí, Kitty —le dijo, y ella se rió con una felicidad descarada.
Aracely se separó de Lucca con esa elegancia que no es de vestidos, sino de alma. Sus ojos se posaron en mí y después en Marie. Ese azul me atravesó con calidez. Marie caminó y la abrazó, al separarse