La puerta del penthouse se cerró de un portazo brutal, resonando como un disparo en el lujoso, pero gélido departamento.
John Asher cruzó el salón a grandes zancadas, su respiración agitada, los ojos inyectados en furia pura.
De un manotazo, barrió una bandeja de cristal que voló por el aire, estrellándose contra la pared y haciéndose trizas.
—¡Maldito Bastien! —rugió, su voz reverberando en las paredes de mármol—.
¡Maldito bastardo!
Tomó una lámpara de diseño y la lanzó contra el suelo con tod