Asher y Clarita despiertan.
ANNELISSE DE FILIPPI
La luz que entraba por la ventana de la habitación era suave, casi tímida. El silencio del hospital me pesaba en los oídos, interrumpido solo por el pitido constante de las máquinas y el sonido lento y acompasado de las respiraciones.
Habíamos pasado la noche en vela, Silvano y yo turnándonos para vigilar. Papá había viajado de regreso la noche anterior para atender asuntos urgentes, dejándonos a cargo. No podía culparlo: sabía que, si no estaba físicamente aquí, al menos me