Meses atrás antes de la boda.
La noche en Palermo tenía un silencio propio, un silencio que parecía aprendido de siglos de conspiraciones, traiciones y juramentos rotos. El mar, allá a lo lejos, rompía contra las rocas con un rumor grave, como si fuese el corazón antiguo de la isla latiendo en la oscuridad. En las calles del barrio antiguo, las piedras mojadas por la lluvia brillaban bajo los faroles, y el aire traía ese olor a sal, a humo y a pólvora gastada que siempre precede a la violencia.
Adriano caminaba solo.
Tenía ese porte altivo de los hombres que no saben temer, o que lo han olvidado hace tiempo. La gabardina negra le rozaba las botas y su paso era lento, medido, casi arrogante. Quien lo viera desde un balcón habría jurado que caminaba con la seguridad de un rey. Pero esa noche, en esas calles estrechas donde la sombra de cada ventana parecía espiar, el destino tramaba en silencio.
Un gato cruzó frente a él, se perdió entre los callejones y desapareció en la penumbra. Fue