La mansión estaba en silencio aquella noche, como si el tiempo hubiera decidido detenerse para ellos. Chiara regresó de la cena tomada de la mano de Adriano, sintiendo en cada paso el calor que le transmitía su esposo. No había música, ni voces, ni murmullos de sirvientes, todo parecía haberse coludido para que aquella velada les perteneciera únicamente a ellos.
Adriano abrió la puerta de su recámara y Chiara se quedó sin aliento. La habitación estaba transformada: pétalos de rosas rojas cubría