no soy prisionera

La mansión estaba en silencio aquella noche, como si el tiempo hubiera decidido detenerse para ellos. Chiara regresó de la cena tomada de la mano de Adriano, sintiendo en cada paso el calor que le transmitía su esposo. No había música, ni voces, ni murmullos de sirvientes, todo parecía haberse coludido para que aquella velada les perteneciera únicamente a ellos.

Adriano abrió la puerta de su recámara y Chiara se quedó sin aliento. La habitación estaba transformada: pétalos de rosas rojas cubrían el suelo y la cama, velas encendidas iluminaban el espacio con un resplandor suave y cálido, desprendiendo una fragancia sutil a jazmín y lavanda. La luz temblorosa de las llamas jugaba en las paredes, como si danzara celebrando su unión.

—¿Tú hiciste todo esto? —preguntó ella con un hilo de voz, sorprendida y emocionada.

Adriano la miró con ternura y una sonrisa leve se dibujó en su rostro.

—Para ti, lo que haga falta. Quiero que recuerdes esta noche toda tu vida. Quiero que, aunque todo lo d
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