Desde el intento de secuestro no había salido de la casa sola. Siempre iba acompañada por los guardaespaldas, que la seguían como sombras silenciosas. A veces sentía que respiraban al mismo ritmo que ella, atentos a cada paso, a cada movimiento. La propiedad estaba custodiada día y noche; hombres armados vigilaban incluso los rincones más tranquilos. Era como vivir en una fortaleza, y a la vez en una prisión.
Ese día, sin embargo, Chiara decidió cabalgar. Necesitaba ese respiro. Aldebarán, su f