La sala estaba en penumbra. Solo las luces cálidas de una gran lámpara colgante iluminaban la antigua mesa de roble que ocupaba el centro del salón. El aire olía a cuero, vino añejo y pólvora reciente. Era una noche tensa, y Adriano lo sabía desde que cruzó el umbral.
Adalberto ya estaba sentado, con sus dedos golpeando con impaciencia el borde de su copa de cristal. A su derecha, el consigliere de la familia, Vittorio, un hombre de rostro enjuto y mirada fría, analizaba los documentos con el c