Cuando finalmente abrí los ojos, el mundo que conocía había desaparecido. Me encontraba en un lugar extraño, un espacio infinito y cegadoramente blanco.
A pocos metros de mí se alzaba un árbol colosal cuyas ramas se extendían como dedos plateados hacia un cielo inexistente. Lo más extraño era que sus hojas eran de un blanco nieve, casi traslúcidas. Y no tenía muchas…
—¿Hojas blancas? Tengo que estar soñando... —murmuré, extendiendo una mano para tocar la corteza, que se sentía fría como el h