El pecho de la morena subía y bajaba, todavía conmocionado por el placer carnal. La miel de la que Ratszendach hablaba le chorreaba la cara interna de los muslos y se había regado por el piso. El Tarkut le susurró algo al oído y ella se tambaleó hasta dejar la habitación. Él fue al lavatorio junto a la ventana y se lavó las manos.
—Dijiste que los Dumas parecían árboles, ¿cómo puede ser ella un Dumas?
—No lo es, Desz. Ella es humana, por fuera y por dentro también.
—¿Entonces?
—Me han dicho q