El joven Tarkut caminaba impaciente por la sala. La luna ya se hallaba en descenso desde el cielo y Desz no regresaba. Y Furr no era bueno esperando.
—Mi señor —escupió de mala gana alguien tras él.
Era la muchacha que se cubría el rostro con el cabello. Ya no lo hacía, pero deseaba que así fuera. La cicatriz en la cara le daba un aspecto espantoso. Ella se inclinó, extendió la bandeja hacia él y le sonrió. Fue una sonrisa fingida y grotesca que a Furr le erizó los finos vellos de los brazos. M