En la aldea, guerreros y humanos habían logrado buena distancia de la barrera que los separaba de una muerte segura. Un Dumas llevaba al rey que, aunque herido, seguía con vida.
El grupo de avanzada llegó por fin a la capital y se refugió en los muros. El resto debía resguardar el regreso de Azot y enfrentar a los Dumas que aparecieran.
—¡Padre! ¡Padre, tus heridas! —Lis había vuelto a su forma humana.
Llegó arrastrándose junto al monarca, con manos y pies destrozados. Tenía él una profunda cor