Capítulo 5

Hay lugares donde el dinero manda. Y hay lugares donde el dinero es solo una excusa para medir el poder.

***

Las puertas del casino se abrieron con suavidad cuando Valentina y su padre se acercaron. El cambio entre la noche húmeda de la ciudad y el interior del edificio fue inmediato.

Calor.

Luz.

Ruido.

El lugar estaba lleno de gente. El sonido de fichas chocando, risas contenidas, música suave y el constante murmullo de conversaciones creaban una atmósfera que parecía cuidadosamente diseñada para hacer olvidar a cualquiera el paso del tiempo.

Valentina se detuvo apenas un segundo después de cruzar la entrada.

No era el tipo de casino que ella imaginaba.

Había esperado algo oscuro, quizá un lugar cargado de humo y con una energía peligrosa flotando en el aire, pero el interior del edificio parecía más cercano a un hotel de lujo que a un establecimiento clandestino.

Arañas de cristal colgaban del techo alto, reflejando la luz en cientos de destellos dorados. El suelo de mármol pulido brillaba bajo los pasos de los clientes, y las mesas de juego se extendían por el enorme salón central con una organización casi perfecta.

Todo era elegante.

Todo era sofisticado.

Y aun así, Valentina sentía algo inquietante escondido bajo esa apariencia de lujo.

Algo invisible.

Algo que no estaba en la decoración, ni en la música, ni en las sonrisas de los jugadores.

Estaba en las miradas de los hombres trajeados que se movían por el lugar.

Gabriel caminaba a su lado con una rigidez evidente. Sus hombros estaban tensos, y sus ojos evitaban mirar directamente a las mesas.

Valentina notó cómo algunas personas los observaban mientras avanzaban por el salón.

No con curiosidad.

Con reconocimiento.

Como si supieran exactamente por qué estaban allí.

—No me gusta esto —murmuró Gabriel.

Valentina no respondió. Sus ojos recorrían cada rincón del lugar con atención.

Un grupo de hombres jugaba póker en una mesa cercana. Más allá, varias mujeres elegantes observaban una mesa de ruleta mientras un crupier movía las fichas con precisión mecánica.

El ambiente parecía relajado, sin embargo, no lo era.

Había demasiados hombres observando desde las sombras. Demasiados movimientos calculados. Demasiada gente vigilando discretamente.

Era evidente que aquel lugar funcionaba con una disciplina que iba mucho más allá de un simple casino.

—Señor Rossi.

La voz apareció detrás de ellos.

Valentina se giró.

Marco estaba allí.

Vestía un traje oscuro impecable, distinto al de la noche anterior, pero mantenía la misma calma en su expresión.

—Llegaron puntuales.

Gabriel asintió con una rigidez incómoda.

—Dijiste a las diez.

Marco miró su reloj.

—Y son las diez.

Sus ojos se deslizaron hacia Valentina.

—Veo que decidió acompañarlo.

Valentina sostuvo su mirada.

—Sí.

Marco asintió lentamente.

—Me parece una decisión interesante.

El comentario quedó flotando unos segundos antes de que él hiciera un gesto suave con la mano.

—Por aquí.

Valentina intercambió una breve mirada con su padre antes de seguirlo.

Caminaron atravesando el salón principal del casino. A medida que avanzaban, Valentina notó algo curioso.

Nadie se interponía en el camino de Marco.

Las personas parecían apartarse con naturalidad cuando lo veían acercarse.

No tenía miedo, tenía respeto por el lugar en donde se encontraba. O tal vez ambas cosas.

Después de cruzar el salón principal, llegaron a una zona más tranquila del edificio. Un pasillo amplio se extendía hacia el fondo, con paredes cubiertas de madera oscura y varias puertas cerradas.

El ruido del casino quedó atrás casi de inmediato.

Allí el ambiente era mucho más silencioso.

Más privado.

Valentina sintió cómo el ritmo de su corazón aumentaba con cada paso.

—¿Adónde vamos? —preguntó Gabriel.

Marco respondió sin detenerse.

—A hablar.

—¿Con quién?

Marco giró apenas la cabeza.

—Con el hombre al que le debe tres millones de dólares.

Gabriel no dijo nada más.

Continuaron caminando por el pasillo hasta que Marco se detuvo frente a una puerta doble al final del corredor.

Dos hombres altos estaban de pie a cada lado.

Sus trajes eran idénticos.

Sus expresiones, completamente inexpresivas.

Guardias.

Marco intercambió una breve mirada con uno de ellos.

—Están aquí.

El guardia asintió, luego abrió la puerta.

Valentina sintió que el aire parecía volverse más pesado.

Marco se giró hacia ellos.

—Antes de entrar, quiero decir algo.

Gabriel lo miró con tensión.

—¿Qué?

Marco lo observó con atención.

—El señor De Santis no aprecia que le hagan perder el tiempo.

—No vine a hacerle perder el tiempo.

—Me alegra escucharlo.

Marco miró entonces a Valentina.

Su expresión cambió ligeramente.

—Y usted…

Ella sostuvo su mirada.

—¿Sí?

—Le sugiero que escuche más de lo que habla.

Valentina levantó una ceja.

—No suelo aceptar sugerencias de desconocidos.

Marco sonrió apenas.

—Entonces considerelo un consejo amistoso.

Hubo un momento de silencio.

Luego Marco se apartó ligeramente y extendió la mano hacia la puerta abierta.

—Adelante.

Gabriel respiró hondo antes de dar el primer paso.

Valentina lo siguió.

La habitación al otro lado era grande, pero mucho más sobria que el resto del casino.

Había una mesa larga de madera oscura en el centro, varias sillas elegantes alrededor y una iluminación suave que proyectaba sombras tranquilas sobre las paredes, pero lo primero que Valentina notó no fue la mesa, ni las luces. Fue la figura de un hombre de pie cerca de una de las ventanas.

Estaba de espaldas.

Vestía un traje negro perfectamente ajustado y parecía observar la ciudad a través del vidrio.

El silencio dentro de la habitación era absoluto.

Valentina sintió algo extraño en el estómago.

No sabía por qué.

Tal vez era la forma en que aquel hombre estaba quieto.

Tal vez era la manera en que toda la sala parecía girar alrededor de su presencia.

El hombre no se movió de inmediato.

Pasaron unos segundos.

Luego habló.

Su voz era profunda.

Tranquila.

—Señor Rossi.

Gabriel tragó saliva.

—Sí.

El hombre giró lentamente, y por primera vez, Valentina vio el rostro de Luca De Santis.

No era lo que esperaba.

Era más joven de lo que había imaginado, pero sí rondaba los treinta y tantos que su padre había mencionado.

Alto.

Con el cabello oscuro cuidadosamente peinado hacia atrás y una expresión que no revelaba absolutamente nada, pero lo que más la impactó fueron sus ojos.

Oscuros.

Fríos.

Inteligentes.

La mirada de alguien que parecía observar el mundo como si fuera un tablero de ajedrez.

Sus ojos se posaron en Gabriel apenas un segundo.

Luego se deslizaron hacia Valentina, y por un instante muy breve, el silencio en la habitación cambió.

No fue algo evidente.

Ni dramático.

Pero Valentina lo sintió.

La atención de aquel hombre acababa de centrarse completamente en ella.

Luca De Santis la observó durante unos segundos más.

Luego habló.

—No esperaba compañía esta noche.

Su voz seguía siendo tranquila, no obstante, algo en su mirada había cambiado.

Valentina no sabía exactamente qué.

Solo sabía que, en ese momento, había captado el interés del hombre más peligroso de la habitación.

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