Capítulo 2

Algunas deudas pueden pagarse con dinero. Otras exigen algo mucho más caro.

***

La puerta del departamento quedó abierta entre Valentina y los tres hombres vestidos de negro. Durante unos segundos nadie se movió. La lluvia seguía cayendo afuera, y el sonido del agua golpeando el pasillo del edificio llegaba amortiguado hasta ellos, como si el mundo exterior hubiera quedado muy lejos de esa escena.

El hombre que estaba al frente parecía el líder. No era particularmente viejo, quizá rondaba los cuarenta, pero había algo en su postura que transmitía una seguridad inquietante. Sus ojos grises observaban todo con una calma casi mecánica: el interior del departamento, los muebles sencillos, la mesa cubierta de planos, la expresión rígida de Valentina.

Ella sintió que su presencia llenaba todo el pasillo.

No gritaba.

No amenazaba.

No levantaba la voz.

Y aun así, resultaba evidente que aquel hombre estaba acostumbrado a que nadie le dijera que no.

—¿Podemos pasar? —repitió con la misma voz tranquila.

Valentina dudó apenas un segundo. Sabía que negarse sería inútil. Aquellos hombres no parecían del tipo que aceptaba una puerta cerrada como respuesta.

Se apartó lentamente.

—Pasen.

Los tres cruzaron el umbral con movimientos seguros, sin prisa, como si ya conocieran ese tipo de visitas. El primero en entrar observó el lugar con atención. Sus ojos se detuvieron brevemente en los planos sobre la mesa, luego en la pequeña cocina, y finalmente en la figura de Gabriel Rossi sentado en la silla.

El padre de Valentina parecía haberse encogido sobre sí mismo.

Durante años ella lo había visto fanfarronear, discutir con cualquiera, prometer soluciones imposibles con una seguridad absurda. Pero en ese momento Gabriel no tenía nada de ese hombre.

Parecía derrotado.

El visitante lo miró unos segundos en silencio.

—Señor Rossi.

La voz no era agresiva.

Era peor.

Era profesional.

Gabriel se levantó con lentitud.

—Sí, soy yo.

El hombre dio un paso más dentro del departamento. Los otros dos permanecieron cerca de la puerta, observando sin intervenir.

Valentina notó que ninguno de ellos parecía nervioso.

Eso la inquietó aún más.

—Mi nombre es Marco —dijo el hombre con serenidad—. Trabajo para el señor Luca De Santis.

El nombre volvió a llenar la habitación con una sensación pesada.

Valentina había oído historias. No sabía cuántas eran verdad y cuántas exageraciones, pero en el mundo del juego clandestino el apellido De Santis tenía un peso particular.

Se decía que Luca De Santis había construido su imperio en menos de diez años.

Se decía que controlaba casinos, clubes nocturnos, inversiones y negocios que nadie mencionaba en voz alta.

Y también se decía que había dos reglas muy simples cuando se trataba de él:

No robarle.

No deberle dinero.

Gabriel Rossi había roto la segunda.

Marco caminó lentamente hacia la mesa del comedor. Sus pasos eran suaves, pero cada uno parecía calculado.

—El señor De Santis envía sus saludos —dijo mientras observaba los planos—. Bonito trabajo.

Valentina tardó un segundo en entender que hablaba de su proyecto.

—Arquitectura —explicó ella, intentando mantener la voz firme.

Marco levantó la mirada hacia ella.

Por primera vez sonrió de verdad.

—Una profesión interesante.

Luego volvió a mirar a Gabriel.

La sonrisa desapareció.

—Aunque me temo que hoy no estamos aquí para hablar de arquitectura.

El silencio volvió a caer en el departamento.

Gabriel se pasó una mano por la cara.

—Escuche… yo…

—Tres millones de dólares —dijo Marco con calma.

La cifra volvió a resonar en el aire.

Valentina sintió cómo el estómago se le tensaba otra vez.

Marco apoyó suavemente las manos sobre la mesa.

—Esa es la cantidad exacta que usted perdió en uno de los establecimientos del señor De Santis.

Gabriel tragó saliva.

—Lo sé.

—Y también sabe que esa clase de deudas no puede ignorarse.

—Necesito tiempo.

Marco inclinó ligeramente la cabeza, como si evaluara la frase.

—El tiempo es un recurso interesante, señor Rossi. Lamentablemente, no es algo que mi jefe regale con facilidad.

Valentina observaba cada gesto del hombre. No había amenaza directa en sus palabras, pero tampoco había compasión.

Era como escuchar a alguien recitar un contrato.

—Yo puedo conseguir el dinero —dijo Gabriel rápidamente—. Solo necesito unos meses.

Marco lo miró en silencio.

Luego negó con suavidad.

—No.

Una sola palabra.

Pero fue definitiva.

—El señor De Santis ha sido claro con respecto a su situación.

Valentina sintió cómo el corazón le latía con más fuerza.

—¿Qué significa eso?

Marco la observó.

Sus ojos parecían medir cada reacción.

—Significa que el señor Rossi deberá presentarse mañana por la noche.

—¿Dónde? —preguntó Gabriel con voz seca.

Marco sacó un pequeño papel del bolsillo del saco y lo dejó sobre la mesa.

—La dirección está ahí.

Valentina vio el nombre del lugar escrito con una letra elegante.

Un casino.

—¿Y si no voy? —preguntó Gabriel.

Marco lo miró fijamente.

Durante unos segundos nadie habló.

Luego respondió con la misma calma.

—Sería una mala idea.

La forma en que lo dijo hizo que la temperatura de la habitación pareciera bajar varios grados.

Valentina sintió un impulso de intervenir.

—¿Qué va a pasar mañana?

Marco se volvió hacia ella otra vez.

—Eso depende del señor Rossi.

—¿Depende de qué?

Marco no respondió de inmediato. Parecía elegir sus palabras con cuidado.

—Depende de si tiene algo que ofrecer.

La frase quedó flotando en el aire.

Valentina frunció el ceño.

—Ya dijo que no tiene el dinero.

Marco la observó con una expresión difícil de leer.

—El dinero no es la única forma de pagar una deuda.

Gabriel levantó la cabeza de golpe.

—No.

La palabra salió demasiado rápido.

Marco lo miró con curiosidad.

—Todavía no he sugerido nada.

—No —repitió Gabriel.

Valentina sintió un escalofrío.

Había algo en la reacción de su padre que la inquietaba profundamente.

—Papá… —susurró.

Pero Gabriel no la miró.

Marco dejó escapar un pequeño suspiro.

—Mañana por la noche —dijo finalmente—. El señor De Santis espera verlo.

Se enderezó y se acomodó el saco.

Los otros dos hombres se movieron ligeramente, preparados para marcharse.

Antes de irse, Marco miró a Valentina una última vez.

—Le recomiendo acompañarlo.

Ella parpadeó.

—¿Por qué?

Marco dudó apenas un instante.

Luego respondió con una media sonrisa.

—Porque a veces, la presencia de la familia cambia ciertas conversaciones.

Sus palabras dejaron una sensación incómoda en el aire, luego caminó hacia la puerta. Los tres hombres salieron del departamento con la misma tranquilidad con la que habían entrado.

El sonido de sus pasos se perdió en el pasillo.

La puerta quedó abierta unos segundos.

Finalmente Valentina la cerró.

El clic de la cerradura resonó en el silencio del departamento.

Se giró lentamente hacia su padre.

—¿Qué significa eso?

Gabriel estaba pálido.

Mucho más pálido que antes.

—No lo sé.

Valentina lo miró fijamente.

—Estás mintiendo.

Su padre evitó su mirada.

El miedo volvió a instalarse en el pecho de Valentina.

Algo en toda esa conversación no encajaba.

Algo mucho más oscuro que una simple deuda.

Y por primera vez, una idea inquietante cruzó su mente.

Tal vez el verdadero problema no era el dinero que su padre había perdido.

Tal vez el problema era el hombre que vendría a cobrarlo.

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