Mundo ficciónIniciar sesiónHay hombres cuya presencia cambia una habitación, y hay otros cuyo nombre basta para cambiar el destino de alguien.
*** El silencio que quedó en el departamento después de que los hombres se marcharan era pesado, incómodo, casi insoportable. Durante unos segundos Valentina permaneció de pie frente a la puerta cerrada, con la mano aún apoyada sobre el picaporte, como si esperara que los golpes volvieran a repetirse, pero el pasillo estaba en silencio. Solo quedaba el sonido constante de la lluvia cayendo afuera. Valentina respiró hondo antes de girarse lentamente hacia el interior del departamento. Su mirada encontró inmediatamente a su padre, que seguía sentado frente a la mesa, con la espalda ligeramente encorvada y la mirada fija en el papel que Marco había dejado. La dirección del casino. Valentina caminó hacia la mesa despacio, sintiendo cómo la tensión seguía creciendo en su pecho. Cada paso parecía arrastrar una pregunta que aún no tenía respuesta. Se detuvo frente a él. —Ahora sí —dijo con calma—. Vas a explicarme todo. Gabriel no respondió. Su mirada seguía clavada en el papel, como si aquellas pocas palabras escritas en tinta negra fueran una sentencia. Valentina apoyó ambas manos sobre la mesa. —Papá. El hombre levantó la vista lentamente. Había algo en su expresión que ella nunca había visto antes. Resignación. —No hay mucho que explicar. Valentina soltó una pequeña risa incrédula. —¿Tres millones de dólares y un mafioso mandando gente a casa? Diría que hay bastante que explicar. Gabriel suspiró y se pasó una mano por el rostro. —No empezó así. —¿Entonces cómo empezó? Durante unos segundos él no dijo nada. Parecía ordenar sus pensamientos, como si buscar la forma correcta de contar lo ocurrido pudiera cambiar el resultado. —Hace unos meses empecé a ir a ese casino —dijo finalmente. Valentina frunció el ceño. —¿Uno de De Santis? Gabriel asintió. —No sabía que era suyo al principio. Valentina cruzó los brazos. —Claro. El tono de su voz estaba cargado de escepticismo. Gabriel lo notó. —Es verdad —insistió—. Al principio era solo un lugar más. Buen ambiente, buenas mesas, nada fuera de lo normal. Valentina se dejó caer en la silla frente a él. —Y supongo que empezaste ganando. El hombre dudó. —Sí. Ella suspiró. —Siempre es así. Durante años había visto ese patrón repetirse. Pequeñas victorias que alimentaban la ilusión de control, seguidas inevitablemente por derrotas cada vez más grandes. —Las primeras noches gané bastante —continuó Gabriel—. Pensé que había encontrado una buena racha. Valentina no dijo nada. Ya conocía el final de esa historia. —Después empecé a perder —admitió él—. Pero para entonces ya estaba demasiado metido. La lluvia golpeó los vidrios con un sonido más fuerte, como si acompañara la confesión. —¿Cuánto perdiste al principio? Gabriel respiró hondo. —Unos cientos de miles. Valentina cerró los ojos un segundo. —Dios… —Pensé que podía recuperarlo. —Siempre crees eso y mira como termina. Gabriel apretó los labios. —Lo sé. El silencio volvió a instalarse entre ellos durante unos momentos. Valentina apoyó los codos sobre la mesa y entrelazó las manos frente a su rostro. —¿Cuándo apareció el nombre de De Santis? Gabriel tardó un poco en responder. —Cuando pedí crédito. Ella lo miró fijamente. —No. —Sí. —Papá… —Las mesas privadas funcionan así —explicó él—. Si eres un cliente frecuente, te ofrecen crédito. Valentina sintió que un escalofrío le recorría la espalda. —¿Y aceptaste? Gabriel asintió lentamente. —La primera vez fue poco. —¿Cuánto es poco para ti? —Cien mil. Valentina dejó caer la cabeza hacia atrás. —Esto es una pesadilla. Gabriel la observó con una mezcla de culpa y cansancio. —Después vinieron más pérdidas. —¿Hasta llegar a tres millones? —Sí. Valentina permaneció en silencio unos segundos, intentando procesar la magnitud del problema. Tres millones. No era una deuda que pudiera resolverse con un préstamo o vendiendo algunas propiedades. Era una cifra que pertenecía a otro mundo. El mundo de gente poderosa. Gente peligrosa. —¿Cuándo supiste que el casino era de Luca De Santis? —preguntó finalmente. Gabriel bajó la mirada. —Cuando ya era demasiado tarde. La respuesta no la sorprendió, pero no era lo que realmente le preocupaba. Había algo más. Algo en la forma en que Marco había hablado. Algo en la forma en que su padre había reaccionado cuando él mencionó que había otras formas de pagar la deuda. Valentina entrecerró los ojos. —Papá. Gabriel levantó la vista. —¿Qué? —¿Qué quiso decir con que el dinero no es la única forma de pagar? El hombre se tensó y esa reacción fue suficiente. Valentina sintió que el estómago se le cerraba. —Papá… —No lo sé —dijo él rápidamente. —Mientes. Gabriel golpeó la mesa con la palma de la mano. —¡No lo sé! El sonido resonó en el departamento, luego el silencio volvió a caer. Valentina lo miró con atención, había miedo en sus ojos, acompañado de algo más. Culpa. —Mañana vamos a ese lugar —dijo ella finalmente. Gabriel negó de inmediato. —No. —Sí. —Valentina, esto no es asunto tuyo. —Claro que lo es —replicó ella con firmeza—. Soy tu hija. Si estás metido en algo peligroso, también me afecta. —No quiero que te acerques a ese mundo. Valentina dejó escapar una risa amarga. —Creo que ese mundo ya vino a buscarnos a casa. Gabriel no respondió. La lluvia seguía cayendo afuera, constante, implacable. Valentina se levantó de la silla y caminó hacia la ventana. Observó la calle mojada durante unos segundos. Su mente no dejaba de girar alrededor de un nombre. Luca De Santis. Un hombre que ella nunca había visto. Un hombre que no conocía. Y sin embargo… En menos de una noche, su vida ya comenzaba a girar alrededor de él. Valentina apoyó una mano contra el vidrio frío. —¿Cómo es? —preguntó de repente. Gabriel levantó la vista. —¿Quién? —De Santis. El hombre dudó. —Nunca lo vi. Valentina se giró hacia él. —¿Cómo que nunca lo viste? —Nunca aparece en las mesas —explicó Gabriel—. Ese tipo de hombres no se mezclan con los jugadores. —Pero alguien lo habrá visto. Gabriel pensó unos segundos. —Escuché cosas. —¿Qué cosas? La respuesta llegó en voz baja. —Que es joven. Valentina frunció el ceño. —¿Joven? —Treinta y tantos. Eso la sorprendió. Por alguna razón había imaginado a un hombre mayor, quizá un viejo capo con décadas de experiencia. —¿Algo más? Gabriel dudó. —Dicen que es inteligente. —Eso no me tranquiliza. —También dicen que es… diferente. Valentina entrecerró los ojos. —¿Diferente cómo? Gabriel tardó en responder. Cuando finalmente habló, su voz fue casi un susurro. —Dicen que nunca pierde el control. La frase quedó suspendida en el aire. Valentina no sabía por qué, pero eso le resultaba más inquietante que cualquier historia violenta. Un hombre que nunca pierde el control no es alguien que actúe por impulso. Es alguien que calcula cada movimiento. Cada decisión. Cada consecuencia. Valentina volvió a mirar la lluvia detrás del vidrio, y por primera vez comprendió algo; mañana por la noche no solo iban a enfrentarse a una deuda. Iban a enfrentarse al hombre que la había creado, y algo en su interior le decía que, cuando finalmente conociera a Luca De Santis, nada volvería a ser igual.






