Durante demasiado tiempo había pensado en mi humanidad como lo último que me quedaba.
Mi ancla.
Mi prueba de que todavía existía una Lila separada de todo aquello que el destino había despertado dentro de mí.
Pero allí, tendida en la oscuridad de una cueva escondida entre las montañas más altas de Etheria, comprendí que aferrarme a esa separación ya no tenía sentido. No cuando mi sangre ardía como fuego. No cuando el dolor de Ciri era también el mío. No cuando mis hijos, nuestros hijos, seguían