Ninguno de los dos dijo nada.
Cassiel y yo permanecimos ocultos entre las columnas, viendo a Cinthia y a Roy abrazarse como si acabaran de regresar de la muerte.
Él la sostenía con desesperación. Ella lloraba contra su pecho, aferrada a su ropa como si soltarlo fuera perderlo otra vez.
Conocía ese abrazo.
Cassiel también.
Lo habíamos vivido.
Esa forma de tocar al otro para asegurarte de que no es una ilusión. De que sigue ahí. De que el mundo no te lo arrebató del todo.
La mano de Cassiel rozó l