No sabía cuánto tiempo había volado.
El cielo de Etheria se había vuelto una mancha gris sobre mis ojos, y las montañas más altas parecían elevarse frente a nosotras como los últimos testigos de nuestra caída. Cada batida de nuestras alas dolía. Cada respiración ardía. El peso de nuestro propio cuerpo se había vuelto insoportable, como si la magia que mantenía aquella forma estuviera apagándose desde dentro.
Descendimos a como pudimos.
Nuestras garras chocaron contra las piedras y nuestro cuerpo