Mundo ficciónIniciar sesiónHabían pasado cinco meses desde que llegué al mundo original, “La Tierra”.
Cinco meses.
El mundo original era distinto a Etheria en casi todo.
Más moderno, más frío y más avanzado.
Había puertas que se abrían sin que nadie las tocara, cristales capaces de mostrar imágenes de otros territorios, carruajes sin caballos que flotaban sobre caminos de metal pulido y salones donde la luz parecía nacer de las paredes. Sin embargo, entre la realeza, había cosas que nunca cambiaban.
Las sonrisas seguían siendo armas.
Los silencios seguían siendo amenazas.
Y cada reverencia, cada palabra dicha en el momento exacto, cada pausa antes de responder, podía significar la diferencia entre ser tratada como invitada o como prisionera.
Haber sido una dama noble en Etheria me ayudó más de lo que habría querido admitir.
Sabía cuándo inclinar la cabeza, cuándo callar, cómo observar a quienes fingían no observarme.
—Lady Lila, el comandante la espera en el salón solar —dijo Maerys, la doncella que me asignaron, mientras ajustaba con cuidado la tela oscura que caía sobre mi vientre.
Maerys era joven, hermosa y demasiado evidente. No conmigo, sino con él.
Cada vez que Kaeldris entraba en mis aposentos, sus mejillas tomaban color y sus manos, normalmente firmes, se volvían torpes. Al principio pensé que era miedo. Luego entendí que no. Maerys estaba enamorada de Kaeldris con esa clase de devoción silenciosa que me hacía pensar que quizá él también lo estaba, y que me usaba como excusa para verla. Solo así podía explicar el porqué de sus constantes visitas.
Kaeldris no tenía motivos para buscar mi compañía más allá de una cortesía por mi supuesto estatus dentro de la corte. Él era un comandante muy respetado e influyente, el mejor amigo del rey y mi guardia asignado, el hombre encargado de asegurarse de que no huyera antes de que Razar Valdrac terminara de decidir qué hacer conmigo.
—Faltan pocos meses —murmuró Maerys.
Miré mi reflejo.
Mi vientre no podía ocultarse, era demasiado grande, incluso mucho más de lo normal.
Cassiel probablemente aún no sabía que yo estaba aquí.
Quizá Samuel no había logrado decírselo. Quizá Darius y Damon no habían encontrado la forma de cruzar el velo. Quizá Cassiel me estaba buscando en el lugar equivocado.
Porque, si él supiera dónde estaba, ya habría venido por mí.
Esa era la única verdad a la que podía aferrarme sin romperme.
—Sí, este es mi quinto mes —respondí—. Quiero volver a mi hogar, a mi mundo, para tener a mi bebé.
Maerys bajó la mirada.
—El rey Razar ha sido muy generoso con usted, no debería desear irse.
La miré a través del espejo.
—Sí —dije suavemente—. Lo ha sido.
Y era verdad.
Al menos en apariencia.
Razar era cordial, educado, incluso amable cuando quería serlo. Cada vez que hablaba conmigo me aseguraba que no era una prisionera, sino una invitada bajo protección real. Decía que mi sangre pertenecía a su linaje de alguna forma que todavía no terminaba de comprender. Prometía que, tan pronto descubriera cómo estábamos emparentados, me dejaría ir.
Yo asentía, guardaba silencio, sonreía cuando era necesario y seguía esperando por Cassiel.
Porque no confiaba en Razar. Tenía la misma clase de doble moral que descubrí demasiado tarde en Sebastian. Esa forma elegante de justificar cualquier decisión cruel con palabras hermosas. Hombres como ellos no mentían siempre. A veces decían verdades cuidadosamente acomodadas para esconder la parte más oscura de sus intenciones.
Cuando salí de mis aposentos, Kaeldris ya estaba esperándome.
Al verlo, Ciri se removió dentro de mí con fastidio.
El dragón de Kaeldris intentó rozar su presencia contra la mía, como había hecho otras veces, una presión insistente. Su nombre, según había escuchado en una conversación entre guerreros, era Vaelor.
Vaelor era poderoso, arrogante, demasiado consciente de sí mismo.
Ciri lo ignoraba por completo.
Mi dragona no le concedió ni una chispa de atención, y eso me hizo pensar en Fenrik con un dolor dulce y terrible. Fenrik no necesitaba imponerse. No necesitaba mostrar colmillos ni reclamar espacio. El lobo de Cassiel despedía autoridad con solo existir. A mis ojos y a los de mi dragona, era perfecto. Salvaje, sereno, invencible.
Vaelor, en cambio, parecía un fuego intentando convencer al mundo de que ardía más que todos los demás.
—Buenos días, lady Lila —saludó Kaeldris.
—Kaeldris, buen día.
Sus ojos descendieron apenas hacia mi vientre y luego volvieron a mi rostro.
—¿Te encuentras bien?
—Si no estuviera bien, ¿me dejarías volver a Etheria?
Su mandíbula se tensó.
—Sabes que no depende de mí.
—Entonces estoy bien.
Algo pasó por su mirada, pero desapareció antes de que pudiera entenderlo. Maerys salió detrás de mí con la cabeza baja, y noté cómo sus ojos buscaban a Kaeldris con una ternura que él, por supuesto, imaginé que tenía que fingir no notar.
Los dragones eran criaturas extrañas.
En los salones se hablaba sin pudor de amantes, de hijos nacidos antes de una unión formal, de parejas que se separaban sin escándalo y de cuerpos que no pertenecían a nadie hasta que dos dragones decidían unirse. Para ellos, el deseo no era una vergüenza. La pasión tampoco. Incluso tener distintos compañeros antes del matrimonio era visto como algo natural.
Pero la infidelidad después de una unión formal era imperdonable.
Eso me parecía curioso.
No tenían compañeros destinados como los lobos, no de la misma forma. No había una diosa marcando almas ni vínculos que partieran el pecho cuando la distancia se volvía insoportable. En los dragones parecía existir otra cosa. Una certeza interna que aparecía cuando encontraban afinidad en valores, hábitos y sueños. Algo que les hacía pensar: este es el único ser con el que puedo construir una vida.
Pero sentirlo no garantizaba ser correspondido.
Razar y Ditra eran la prueba perfecta.
La reina Ditra era hermosa de una manera distante. Nunca era irrespetuosa con Razar. Jamás lo humillaba frente a otros. Cumplía su papel con gracia impecable, pero era evidente que no lo amaba como él la amaba a ella.
Y Razar lo sabía.
Lo sabía y, aun así, la consentía.
La esperaba.
La miraba como si, algún día, ella fuera a despertar y encontrar en él lo mismo que él llevaba años ofreciéndole sin perder la dignidad de rey.
Eso lo hacía parecer casi noble.
Casi.
El salón solar estaba lleno de luz cuando llegamos. Razar me recibió de pie, con esa sonrisa tranquila que siempre parecía esconder una segunda intención.
A su lado estaban sus hijos.
Urben y Aren.
El mayor llevaba la barbilla alzada, como si el reino entero fuera una molestia que debía tolerar. El menor se balanceaba sobre los talones, observándome con una curiosidad descarada.
—Lila —dijo Razar—. Me alegra que hayas aceptado acompañarnos.
Como si hubiera tenido opción.
—Gracias por invitarme, majestad.
Urben se acercó primero.
—¿Por qué aún estás embarazada?
Aren soltó una risa.
—Tu vientre es enorme para un solo bebé.
Kaeldris, a mi lado, se quedó inmóvil.
Yo sonreí.
Porque una dama noble nunca debe estrangular a los príncipes frente a su padre, el rey.
—Quizá sean dos —respondí—, y no solo uno.







