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Capítulo 38 POV Kaeldris

Vi a Lila alejarse junto a las doncellas que ya la esperaban desde el momento en que llegamos al palacio y, por alguna razón que no lograba comprender del todo, mis ojos permanecieron sobre ella más tiempo del necesario. No caminaba como las mujeres de la realeza dracónica, siempre ansiosas por demostrar poder o desafiar a cualquiera que tuvieran enfrente. En Lila era distinto. No necesitaba levantar la voz ni imponer su presencia para hacerse notar. Había una fuerza silenciosa en ella, una que, sin pedir permiso, estaba despertando algo dentro de mí que llevaba demasiado tiempo dormido.

—Sigues aquí.

La voz grave de Razar Valdrac, mi rey y mejor amigo, me hizo girarme.

Avanzó hacia mí con aquella presencia imposible de ignorar. Detrás de él venían sus hijos.

Los príncipes.

Urben, de apenas diez años, ya caminaba con la arrogancia de alguien que jamás había escuchado la palabra no. A su lado estaba Aren, más pequeño y mucho más insoportable.

—Padre, quiero verla primero —dijo Aren.

—Yo también —exigió Urben.

Razar ni siquiera los miró.

—Fuera.

Sus hijos protestaron.

Yo no dije nada.

Conocía demasiado bien a mi amigo como para ignorar el tono de su voz.

Los pequeños terminaron alejándose, murmurando entre ellos, hasta desaparecer al final del corredor.

Cuando por fin estuvimos solos, Razar sonrió apenas.

—Te interesa.

No respondí. Me limité a exhalar lentamente antes de apartar la vista del corredor por el que Lila había desaparecido.

—Hay algo en ella.

—Lo sé.

El rey se colocó a mi lado.

—Lo sentí desde el momento en que cruzó el velo.

Mi mirada se endureció.

—Está marcada por un lobo Alfa.

Razar soltó una carcajada seca.

—¿Por un lobo?

Su desprecio era evidente.

—Etheria apenas merece ser llamada un mundo. ¿Qué tan fuerte puede ser ese tal Alfa?

No discutí.

No porque creyera que estaba equivocado, sino porque una parte de mí pensaba exactamente igual.

—Está embarazada —dije.

Razar asintió.

—Y la sangre de dragón ya está devorando todo lo demás. Ella pronto dejará de ser humana y la criatura que nazca de sus entrañas será considerado un dragón de sangre pura.

Mi cuerpo se tensó ante aquella idea.

No debía importarme.

No de esa manera.

Y, sin embargo, imaginar a Lila aceptando por completo lo que realmente era despertó pensamientos que no me molesté en analizar porque, estaba claro que seria toda una Diosa.

—Los rebeldes ya lo saben —continuó Razar—. Saben que apareció una hembra de mi linaje. Una dragona negra.

Giré el rostro hacia él.

—¿Qué planeas?

Razar guardó silencio durante unos segundos antes de responder.

—Casarla con alguien de mi entera confianza. Cuanto antes.

Mi mandíbula se endureció.

—¿Con quién?

Razar sonrió.

—Dependerá de lo que tú decidas.

No me gustó cómo sonó aquello.

—Explícate.

Razar me sostuvo la mirada.

—Si da a luz a una hembra… —su voz se volvió fría— comprometeré a uno de mis hijos con su cría.

Hizo una pausa.

—Pero si da a luz a un macho, necesito acceso a él para que lo eliminen.

Mis ojos se entrecerraron.

—Razar…

—No puedo permitir que un dragón negro que no sean mis hijos quede como heredero al trono. Tu sabes que entre los dragones de mi raza el trono no se hereda se gana.

Apreté los dientes.

Razar era mi mejor amigo.

Habíamos luchado juntos.

Sangrado juntos.

Conquistados mundos juntos.

Pero a veces, tenía ideas que rozaban la locura.

—Aun así, no entiendo, ¿Dónde entro yo en todo esto?

El silencio entre ambos duró apenas unos segundos.

Después, él sonrió de esa manera que siempre anunciaba problemas.

—Lo mejor para el reino…

Hizo una pausa deliberada.

—Es que seas tú quien se case con ella. Confió en ti completamente.

Por primera vez desde que juré lealtad a la corona, no supe qué responder.

Porque mientras mi mente intentaba comprender todas las implicaciones políticas detrás de aquella propuesta, mi dragón, mi maldito dragón, ya no podía negar aquello que en mi interior llevaba intentando ignorar desde que mis ojos se posaron sobre ella.

No era deseo.

No era simple curiosidad.

Y definitivamente no era obediencia hacia mi rey.

Era algo mucho más peligroso.

Algo que ningún guerrero, ningún dragón, por más disciplinado que fuera, podía permitirse confundir.

Ella es nuestra compañera.

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